domingo, 3 de mayo de 2026

Ópalo Negro

 Ópalo Negro

Por Geobanys Valle Rojas


                                 Portada del libro de poesía Ópalo Negro


Hay libros que se escriben desde la comodidad. Este no es uno de ellos.

Ópalo Negro nació en Atenas, en 2023, en uno de los momentos más difíciles de la vida de su autor: los meses inmediatamente posteriores a su salida forzada de Cuba. No fue un proyecto planificado ni una obra construida desde la serenidad. Fue, ante todo, una necesidad. La palabra como herramienta de supervivencia, como única forma de ordenar el caos cuando todo lo demás —la familia, la lengua vivida en comunidad, la identidad conocida— había quedado al otro lado del mar.

El resultado es este poemario: cuarenta y cinco poemas distribuidos en tres secciones que trazan un recorrido emocional desde la fractura hasta la reconstrucción, sin prometer llegadas fáciles ni ofrecer consuelos baratos.

"Ópalo Negro" es el trabajo de una voz poética en formación, con momentos de genuina potencia lírica y otros que requieren pulido. No es un poemario novato ni tampoco una obra acabada en su totalidad. Es, honestamente, un libro desigual con destellos notables.

El prólogo es el punto más alto del libro. Es su pieza más lograda. Está escrito con una prosa reflexiva, madura y equilibrada. Cumple varias funciones simultáneas: contextualiza la experiencia del exilio, explica el título con elegancia (la imagen del ópalo negro como fondo oscuro que intensifica los destellos es genuinamente hermosa y cohesiona el libro), introduce al lector en el tono emocional sin sobreexplicar, y ubica el poemario dentro de una tradición literaria sin pretensión ni pedantería. 

El título no es casual.

El ópalo negro es una piedra singular: su fondo oscuro no apaga los destellos de color que contiene, sino que los intensifica, los vuelve más visibles, más contradictorios. Esa imagen organiza el libro entero. La oscuridad —el exilio, la ruptura, la soledad, el miedo— no como negación de la luz, sino como la condición que la hace posible de otra manera. Ópalo Negro no es un libro que resuelva sus tensiones. Es un libro que aprende a habitarlas.

Un libro sobre el exilio. Y sobre mucho más.

La división en tres secciones (I, II, III) está bien pensada temáticamente: el exilio y el desarraigo en la primera, la identidad y el erotismo en la segunda, y el amor y el encuentro en la tercera. 

La primera sección despliega el territorio del desarraigo con una honestidad que incomoda y conmueve a partes iguales. El exilio aquí no es una categoría política abstracta: es el frío de una habitación sin ventanas, el murmullo de un desterrado que camina entre idiomas que no entiende, la abuela que ya no quiere aparecer en videollamadas porque no soportaría otra despedida. Son poemas que hablan de dictaduras con nombres propios —Castro, Pinochet, Stalin, Hitler— sin retórica panfletaria, y que hablan de la patria perdida con una ternura que duele.

La segunda sección gira hacia la identidad en tránsito: quién se es cuando los referentes conocidos desaparecen, cómo se habita el propio cuerpo cuando el mundo exterior se ha vuelto extraño. Aquí el erotismo aparece con franqueza, en la tradición de la generación beat, sin eufemismos ni ornamentos innecesarios. El deseo, la soledad, el sexo como búsqueda de conexión o como confirmación de la distancia: todo convive en estos poemas con una voz que no pide permiso para decir lo que necesita decir.

La tercera sección es la más lírica del libro. El amor, el encuentro, la posibilidad —siempre incierta, siempre incompleta— de volver a pertenecer a algo o a alguien. Poemas de amor que no idealizan, que saben que el deseo y la pérdida son la misma sustancia vista desde ángulos distintos.

Los poemas del exilio y la patria son los más sólidos del libro. "Elegía del hijo exiliado", "Llévame allí", "Las dictaduras no deberían existir", "Hay noches de desvelo" y "Murmullo de un desterrado" tienen una voz auténtica, imágenes bien construidas y una emoción que no cae en el sentimentalismo fácil. "Las dictaduras no deberían existir" tiene una estructura de letanía que funciona muy bien: la repetición del nombre de dictadores actúa como un conjuro doloroso, y el verso "y ya se me ha secado la piel" es uno de los mejores del libro.

"Hay noches de desvelo" es quizás el poema más humano y cercano del conjunto. La escena de la abuela que no quiere verlo en videollamadas "sino es en físico" es devastadora en su sencillez. Ese tipo de concreción es lo que hace memorable a la poesía.

"La fuente de Kifissia" y "Souvlaki y mastika" tienen algo precioso: la mirada de un extranjero que busca lo suyo en lo ajeno. Son poemas de integración sensorial, de encuentro entre culturas, y los dos tienen momentos de lirismo genuino.

El epílogo está muy bien resuelto. Es breve, sobrio, y la imagen final —el hombre que camina y ya no camina como al principio— cierra el libro sin sobrecargar el sentido.

Sin embargo, el erotismo a veces pierde el control literario. El libro tiene una cantidad significativa de poemas de contenido sexual explícito. Algunos funcionan, como "En una noche púrpura", que tiene un erotismo más elaborado con imágenes simbólicas logradas. Pero otros como "Sin silencio", "La tertulia de los mormones" o partes de "El secreto del silencio" caen en la crudeza sin que la forma poética la justifique ni la eleve. El problema no es el contenido —hay una larga tradición de erotismo en la poesía— sino que en varios casos el poema no transforma la experiencia sexual en arte: la describe con crudeza pero sin distancia estética.

No obstante, Ópalo Negro es un libro honesto. El autor no finge una voz que no tiene, no imita sin apropiarse, y no escribe para complacer. Eso ya lo coloca por encima de muchos poemarios que llegan a publicarse. Sus mejores poemas —los del exilio, la abuela, la patria, la fuente de Kifissia— merecen ser leídos. El prólogo solo, como texto en prosa, podría publicarse como ensayo independiente. 

Lo que encontrará el lector.

Un poemario que no teme la crudeza ni rehúye la belleza. Una exploración de lo que ocurre cuando una identidad se ve obligada a reconstruirse desde cero. Poemas que hablan del dolor del exilio cubano con una especificidad que los hace universales, porque la pérdida, el desarraigo y la búsqueda de sentido no pertenecen a ninguna geografía en particular. Una escritura que oscila con conciencia entre el lirismo más íntimo y el registro más directo, entre la imagen simbólica y la experiencia concreta, sin que ninguno de los dos extremos traicione al otro.

Ópalo Negro es, como su título sugiere, una materia densa atravesada por luces. Leerlo implica aceptar esa densidad, dejarse atravesar por sus variaciones, y reconocer que en ocasiones es precisamente en la oscuridad donde los destellos se vuelven más visibles.

Una voz que ya tiene historia.

Geobanys Valle Rojas (Sancti Spíritus, Cuba, 1991) es escritor, poeta, psicólogo e investigador. Ha publicado más de quince libros en géneros que van de la poesía a la novela, del ensayo etnográfico al texto académico, editados en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Grecia, Argentina y Moldavia. Varios de ellos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, alemán, ruso y polaco. Ópalo Negro es su primer poemario escrito íntegramente fuera de Cuba, y eso lo convierte en un hito en su trayectoria: el punto en que la escritura deja de ser un ejercicio y se convierte en un acto de afirmación existencial.

Género: Poesía contemporánea en español Temáticas: Exilio, identidad, erotismo, amor, pérdida, reconstrucción, Cuba, Grecia Contenido: Recomendado para lectores adultos Editorial: Ediciones La Hora / Independently published ISBN: 979-8-259-08191-8

A continuación se comparten algunos de los poemas de este libro, que además está disponible para su compra en Amazon: 


Nadie te merece más que tú

  

Nadie te merece más que tú.

Ni tus padres,

ni tus abuelos que te criaron,

ni tus hermanos,

ni tus hijos a  quienes les diste la vida,

ni tus amigos que son como

hojas en nuestro árbol,

ni tus enemigos que reconocen tu mérito

ni tu Dios que enciende la fe.

 A este mundo llegamos solos

y nadie te acompañará cuando te vayas.

Si ni Billy y Bobby Cly lo hicieron

¿por qué tendrías compañía tú

que eres un simple mortal

andando por los avatares que

descubren nuestros propósitos en

el destino que cada uno escribe en su libro?

Por eso cántate porque tú eres música,

báilate para alegrar tu día,

léete para cultivarte en armonía,

mastúrbate para autocomplacer tu sexo,

necesítate, vístete, enciéndete.

Aprende a dar sin esperar nada a cambio.

Quien espera se decepciona,

quien da se crece entre los hombres.

No caigas en vicios mundanos,

pero si caes porque somos frágiles

aprende a disfrutarlos sin que

los vicios te disfruten.

No cedas a la desesperación

que todo tiene su tiempo.

Pero si el alma se atreve a quemar etapas

abre bien los ojos ante lo que

te enseñará el fracaso.

No envidies lo que no tienes: trabaja.

No esperes a la perla perfecta: vive la que tienes.

No ames con miedo: solo ama.

Ríe, llora, reflexiona y

aliméntate en el silencio.

Y no veas a la soledad como una sombra.

La soledad es luz, es resiliencia,

es la señora que nos concede

la virtud para autoconocernos

y autovalorarnos con conciencia.

Desde el amanecer hasta el anochecer

entiende que nadie te merece más que tú.



Las dictaduras no deberían existir 

  

Porque existes te nombro

Pol Pot, Idi Amin Dada,

Negus Rojo, Hissène Habré

y se me eriza la piel.

Las dictaduras no deberían existir.

 

Patria que llora

hijos que parten para no volver

madres que mueren sin ese abrazo

Mao Zedong, Josef Stalin,

Leopoldo II, Hideki Tojo

y tiembla la piel.

Las dictaduras no deberían existir.

 

Pulmones sin aire,

venas sin sangre

viejos zapatos porque ya no hay pies.

Yakubu Gowon, Cincinato, Quinto Hortensio,

Publio Cornelio Rufino

y me arde tanto la piel

Las dictaduras no deberían existir.

 

Y duele un poco adentro.

Memorias que se borran con el paso del tiempo.

Nuevas fotos de familia, y tú no estás presente.

Sigue una silla vacía en la mesa.

Adolf Hitler, Benito Mussolini,

Augusto Pinochet, Fidel Castro.

Y ya se me ha secado la piel.

Las dictaduras no deberían existir.

 

Esto que llaman país

ha contaminado al mar con petróleo,

ha matado los peces del viejo,

ha quemado los cañaverales,

ha derrumbado las casas de los hombres

para que ya no queden historias que contar.

Las dictaduras no deberían existir.

 

Sólo un niño que confundía sombreros

con elefantes abraza lo que de la bandera queda

Mientras una lágrima corre entre sus mejillas,

Porque sus labios olvidaron la sonrisa,

Porque sus lápices ya no dibujan palomas que vuelan.

Las dictaduras no deberían existir.

 

Pero el niño se aferra a los sueños

de sus padres, de sus abuelos, de sus bisabuelos

que un día añoraban libertad.

Sus piernas débiles se levantaron

y hasta la tierra tembló de miedo.

Vive la fe donde queda el fuego.

 

Porque habrá un niño,

habrá un Abraham,

habrá un David derrotando a un Goliat

Y yo voy a elegirte diferente

Porque las dictaduras no deberían existir.



Elegía del hijo exiliado


Ellos, imberbes, me han privado

como a ti, del derecho de

amarte en libertad.

Ellos, los miserables,

-no los de Víctor Hugo-

piensan que renunciaré

a mi fe.

Si yo soy el eterno cómplice

de tus calles,

el hijo intranquilo que

se embelesa en tu petricor

un pequeño Libra que

por honor a su signo

te prefiere límpida y justa.

Ellos, los del traidor verde olivo

que ensordecen la esperanza

condenan mi cuerpo al destierro

para vivir sin madre, sin hermanos,

sin hijos, sin novia, sin amigos

¡y a pesar del sin fin de sin…!

Me llevaré la salsa

tatuada en mis manos.

Un poco de sal que

me regaló la vecina

la noticia preocupada

de la que vive al doblar

la esquina

un pedazo de pan

el café de la mañana

un trozo de caña

para evocar lo dulce

y un poquito de tu tierra

donde pueda sembrar un árbol.

Yo estaré lejos

muy lejos de ti para verte

en otro lugar que no sea

en sueños.

Pero te regalaré la memoria

para que antes de dormir

en las noches acaricies mis besos.

Te diré que te amo, Patria,

y cerraré los ojos

para perderme en la utopía

de que aún duermo en tu regazo.



Llévame allí 

  

Llévame allí: donde escuche el canto de

las palomas mientras anhelan alcanzar las nubes,

donde las olas comuniquen sus mensajes de amor

al bañar los arrecifes, donde el mar se empeñe

en el reflejo del intenso azul del cielo,

donde la arena perpetúe las huellas del náufrago errante

que pretendió sembrar su árbol.

Llévame allí: donde los tambores suenen invocando la magia,

y un olor a rosas se impregne en mi fragancia,

donde un niño cace las abejas con sus tiernas manitos

que ignoran los picazos, donde un hombre pueda contemplar

cómo su sombra se desliza en el camino que descubre al andar.

Llévame allí, a la tierra más bella vista por ojos humanos

donde vive mi madre. Ella espera por mí, donde corre el río caudaloso, con aguas cristalinas que me permitirán escogerme

entre piedras de variados colores como si el río fuera un arcoiris

de tonalidades amarillo, rojo, verde, negra, marrón, blanco...

Llévame vestido con mi traje de iniciación,

con mi corona de plumas de aura tiñosa, mis collares,

mis atributos y un sinfín de sueños que quedaron por cumplir.

Llévame convertido en polvo, musita mi nombre ritual

entre los arbustos que un día me bañaron,

deja que el viento me acoja en su regazo,

siémbrame junto a un girasol y luego me arrullas

con una nana que le canta a la paloma que pasa por mi casa.

Allí quiero descansar cuando mis pies ya no anden,

cuando mis manos no escriban,

cuando mis ojos ya no se abran. 




Eirini: El tiempo imperfecto del amor

 "Eirini: El tiempo imperfecto del amor"

Por Geobanys Valle Rojas


                      Portada del libro de poesía "Eirini: El tiempo imperfecto del amor"


 "Eirini: El tiempo imperfecto del amor" es un poemario sólido, de escritura cuidada y voz auténtica. La propuesta trilingüe (español, griego, inglés) es ambiciosa y bien ejecutada. El prólogo es notable: reflexivo, literariamente consciente y honesto. Los poemas muestran variedad formal (desde el soneto hasta el verso libre conversacional) y una emoción contenida que es una de las virtudes del libro.

Al analizar algunos de sus poemas podemos decir que "Poema de la entrega" es uno de los poema más potentes de este poemario. El verso "no por hazaña / ni por la absurda sed de lo heroico" es uno de los mejores del libro; mientras que "Oda al ofrecimiento" es uno de los poemas más logrados en cuanto a intensidad y control del ritmo. "Pequeña serenata para dos" es el único poema con estructura de canción (estrofas rimadas) y funciona bien como contraste dentro del libro. Por otra parte, "Hipótesis enamorada" es un poema muy ambicioso. La anáfora con "Y si…" sostiene bien el ritmo. El cierre "con esa luz tenue / del invierno mediterráneo / que no abrasa, / pero permanece" es de los mejores cierres del libro.

¿Qué queda cuando el amor no termina, pero tampoco permanece?

"Eirini: el tiempo imperfecto del amor" es un poemario que nace de una experiencia real: la de amar en la distancia entre dos mundos, dos idiomas y dos historias que no siempre encuentran el mismo tiempo. Con voz íntima y escritura cuidada, Geobanys Valle Rojas explora el amor no como certeza, sino como acto continuo de elección; no como posesión, sino como presencia.

Desde el encuentro hasta la entrega, desde la duda hasta la ternura más honesta, estos poemas habitan ese espacio incierto donde amar es más difícil —y más necesario— que nunca.

Desde el punto de vista literario, Eirini... se sitúa en una encrucijada deliberada entre la tradición lírica hispanoamericana y la sensibilidad poética contemporánea. El autor no renuncia a la densidad formal: el libro incluye un soneto de estructura clásica impecable —«El nombre que pronuncio»— junto a odas, baladas y poemas de aliento conversacional que recuerdan, en su economía emocional, a César Vallejo o al mejor Mario Benedetti. Pero la voz no imita: construye.

Lo que distingue a este poemario es su capacidad de hacer convivir el deseo y la contención. Hay versos que arden con precisión quirúrgica —«colocar el alma en la intemperie / sin la certeza de ser resguardado»— y otros que operan con la quietud de quien sabe que la imagen justa pesa más que el grito. Valle Rojas domina el ritmo libre sin abandonar la música, y esa tensión sostenida es, quizás, el mayor logro del libro.

La voz poética no celebra el amor: lo interroga. Aquí el amor llega en condiciones imperfectas, entre vidas que no han terminado de cerrarse, entre geografías y culturas que no comparten calendario. Y esa imperfección —lejos de debilitar el libro— es su motor: lo que convierte cada poema en un acto de conocimiento, no solo de emoción.

El registro es rico y variado: desde poemas breves, casi aforísticos, hasta piezas de largo aliento donde la emoción se despliega con arquitectura propia. Hay imágenes que pertenecen a la mejor tradición metafórica en lengua española —«tu nombre / se posa sobre el mundo / como la tarde sobre los tejados cansados»— y hay también una honestidad desnuda, sin retórica, que conecta con el lector de manera inmediata y directa.

Una obra trilingüe: cada poema aparece en su versión original en español, acompañado de su traducción al griego y al inglés, convirtiendo este libro en un puente entre culturas, lenguas y sensibilidades distintas.

Para quienes han amado sin manual de instrucciones. Para quienes conocen el peso exacto de una palabra dicha en el idioma equivocado. Para quienes saben que el amor, cuando es verdadero, siempre llega en tiempo imperfecto.

Geobanys Valle Rojas es escritor, poeta y ensayista. Autor de una extensa obra publicada en varios países, en este volumen reúne por primera vez poesía en tres lenguas como expresión de un amor que atraviesa fronteras geográficas y culturales.

Publicado por Ediciones La Hora y disponible para su compra en Amazon, compartimos a continuación algunos de los poemas de este libro: 

“La razón que no se dice”

 I

No te amo por lo que eres

—eso sería demasiado fácil—

ni por la forma en que el mundo

podría nombrarte.

 

Te amo

por lo que ocurre en mí

cuando dejo de defenderme.

 

Porque amar,

lo he aprendido en tu presencia,

no es encontrar lo perfecto,

sino reconocer aquello

ante lo cual ya no tiene sentido fingir.

 

No llegaste como promesa,

ni como consuelo tardío.

 

Llegaste

como llegan las verdades:

sin pedir permiso,

sin adaptarse a lo que yo creía necesitar.

 

Y algo en mí,

que había aprendido a sobrevivir,

entendió de pronto

que vivir era otra cosa.

 

No te elijo

porque seas la respuesta a mis sueños,

ni porque en ti todo sea claro.

 

Te elijo

porque en tu incertidumbre

mi alma no se pierde.

 

Porque incluso en lo difícil,

en lo que duele,

en lo que no encaja del todo,

 

hay una honestidad

que no encontré en lo sencillo.

 

Amar no es quedarse

donde todo es seguro.

 

Es quedarse

donde todo es verdadero.

 

Y en ti

no encontré descanso:

encontré sentido.

 

Por eso te elijo,

no una vez,

no como quien toma una decisión pasajera,

 

sino como quien reconoce

que entre todas las formas de estar en el mundo,

 

esta, la que existe contigo,

es la única

en la que no necesito

dejar de ser quien soy.

 

II

 

Y si alguna vez dudo,

no es de ti:

 

es de mi propia capacidad

para sostener lo que contigo significa.

 

Porque no eres un refugio

en el sentido en que lo son las huidas,

 

eres un lugar donde todo se vuelve cierto,

y lo cierto

no siempre es cómodo.

 

Hay días

en que amarte

es también mirarme sin indulgencia,

reconocer en tu luz

las sombras que aún me habitan.

 

Y, sin embargo, permanezco.

 

No por inercia,

no por costumbre,

no por ese miedo antiguo

a quedarse solo con uno mismo,

 

sino porque en lo que somos

hay algo que insiste,

algo que no se agota

ni siquiera cuando el silencio pesa.

 

Te elijo también en lo no dicho,

en las pausas,

en aquello que no sabemos resolver

pero tampoco queremos abandonar.

 

Te elijo en la imperfección

que no pide disculpas por existir,

en la fragilidad

que no se esconde detrás de la fuerza.

 

Porque amar

—si ha de ser verdadero—

no es construir una ilusión intacta,

 

sino aprender a habitar

lo que se quiebra

sin dejar que se pierda.

 

Y contigo

hasta la incertidumbre

tiene un lugar donde descansar.

 

No porque desaparezca,

sino porque deja de ser amenaza

y se vuelve parte del camino.

 

Si alguna vez el tiempo nos pone a prueba,

si la vida decide tensar lo que somos,

quiero que nos encuentre así:

 

no perfectos,

no invulnerables,

 

pero sí conscientes

de que hubo un instante

—irrepetible, irrevocable—

 

en que nos reconocimos

más allá de todo lo aprendido.

 

Y desde entonces,

aunque el mundo cambie,

aunque nosotros cambiemos,

hay algo que ya no puede negarse:

 

que entre todas las formas de amar,

nos tocó aquella

que no se explica,

que no se justifica,

que no se olvida.





“Poema de la entrega”

 

No fue el vértigo lo que me llevó hacia ti,

ni esa ceguera dulce

con la que suelen confundirse los impulsos.

 

Fue algo más hondo.

 

Como si en el centro mismo del riesgo

hubiera una verdad esperando ser vivida.

 

Desde entonces,

cada límite dejó de ser frontera

y empezó a parecerse a un umbral.

 

Porque amar —lo he comprendido tarde—

no es prometer imposibles,

ni incendiar el mundo para probar un punto de fe;

 

amar

es colocar el alma en la intemperie

sin la certeza de ser resguardado.

 

Y aun así, quedarse.

 

Si hubiera que cruzar la noche sin nombre,

lo haría,

no por hazaña

ni por la absurda sed de lo heroico,

sino porque hay presencias

que justifican la caída

y le dan sentido incluso al abismo.

 

Qué otra cosa es el amor,

sino esta forma lenta de renunciar al miedo,

este aprender a perderse

sin extraviarse.

 

He visto a los hombres aferrarse a lo seguro,

erigir muros,

llamar prudencia a su cobardía.

 

Pero hay instantes —raros, irrevocables—

en los que la vida exige una ofrenda total:

 

no una parte,

no un gesto,

no una promesa a medias,

 

sino todo lo que uno es

temblando.

 

Y es ahí

donde el amor deja de ser palabra

y se convierte en destino.




“Hipótesis enamorada”

 

Y si la nada fuera lo cierto,

y si la nada, en su silencio,

lo contuviera todo.

 

Y si volaran las mariposas

que agitan el estómago,

no por vértigo,

sino por ese intrépido céfiro

que las llama a desordenarse en libertad.

 

Y si el ímpetu fuera ciego,

y las ganas, un territorio sin mapas,

y el deseo

una forma antigua de perderse sin error.

 

Y si el universo, en su ironía,

desplazara los astros de lugar

solo para enseñarnos

que lo imposible también respira.

 

Y si mis manos te sostienen

no como quien retiene,

sino como quien aprende a cuidar

¿qué temer

si en ese gesto se insinúa un para siempre?

 

La vida, de algún modo,

termina abrazando lo que insiste.

 

Llámalo destino,

llámalo sueño,

o ese niño que aún habita en nosotros

jugando a ser hombre,

disparando flechas

en tierras que ya conocieron la guerra

y, aun así,

no han olvidado florecer.

 

Y si la aurora boreal despertara al náufrago,

y en su delirio

recitara versos que no sabía que sabía,

como si el alma, incluso perdida,

recordara su música.

 

Y si fueras tú.

Y si fuera yo.

 

En agosto,

en septiembre,

o en ese noviembre improbable

que decidió encontrarnos

cuando nada estaba listo.

 

Y si todo esto

no fuera casualidad.

 

Si en lo invisible

hubiera un orden secreto,

una cita escrita en otro lenguaje,

donde incluso lo sagrado

se inclina ante lo humano.

 

Como si la fe no habitara en los templos,

sino en ese instante

en que alguien ama sin garantías.

 

Y si al decirte “te amo”

tu voz, en otra lengua,

me devolviera el mismo universo

 

entonces,

sin importar el frío

ni la estación que nos atraviese,

volvería a amanecer.

 

No sobre el mundo,

sino sobre nosotros,

 

con esa luz tenue

del invierno mediterráneo

que no abrasa,

pero permanece.


Geobanys Valle Rojas

Ópalo Negro

  Ópalo Negro Por Geobanys Valle Rojas                                  Portada del libro de poesía  Ópalo Negro Hay libros que se escriben ...

Luna de Ciervo