Ópalo Negro
Por Geobanys Valle Rojas
Hay libros que se escriben desde la comodidad. Este no es uno de ellos.
Ópalo Negro nació en Atenas, en 2023, en uno de los momentos más difíciles de la vida de su autor: los meses inmediatamente posteriores a su salida forzada de Cuba. No fue un proyecto planificado ni una obra construida desde la serenidad. Fue, ante todo, una necesidad. La palabra como herramienta de supervivencia, como única forma de ordenar el caos cuando todo lo demás —la familia, la lengua vivida en comunidad, la identidad conocida— había quedado al otro lado del mar.
El resultado es este poemario: cuarenta y cinco poemas distribuidos en tres secciones que trazan un recorrido emocional desde la fractura hasta la reconstrucción, sin prometer llegadas fáciles ni ofrecer consuelos baratos.
"Ópalo Negro" es el trabajo de una voz poética en formación, con momentos de genuina potencia lírica y otros que requieren pulido. No es un poemario novato ni tampoco una obra acabada en su totalidad. Es, honestamente, un libro desigual con destellos notables.
El prólogo es el punto más alto del libro. Es su pieza más lograda. Está escrito con una prosa reflexiva, madura y equilibrada. Cumple varias funciones simultáneas: contextualiza la experiencia del exilio, explica el título con elegancia (la imagen del ópalo negro como fondo oscuro que intensifica los destellos es genuinamente hermosa y cohesiona el libro), introduce al lector en el tono emocional sin sobreexplicar, y ubica el poemario dentro de una tradición literaria sin pretensión ni pedantería.
El título no es casual.
El ópalo negro es una piedra singular: su fondo oscuro no apaga los destellos de color que contiene, sino que los intensifica, los vuelve más visibles, más contradictorios. Esa imagen organiza el libro entero. La oscuridad —el exilio, la ruptura, la soledad, el miedo— no como negación de la luz, sino como la condición que la hace posible de otra manera. Ópalo Negro no es un libro que resuelva sus tensiones. Es un libro que aprende a habitarlas.
Un libro sobre el exilio. Y sobre mucho más.
La división en tres secciones (I, II, III) está bien pensada temáticamente: el exilio y el desarraigo en la primera, la identidad y el erotismo en la segunda, y el amor y el encuentro en la tercera.
La primera sección despliega el territorio del desarraigo con una honestidad que incomoda y conmueve a partes iguales. El exilio aquí no es una categoría política abstracta: es el frío de una habitación sin ventanas, el murmullo de un desterrado que camina entre idiomas que no entiende, la abuela que ya no quiere aparecer en videollamadas porque no soportaría otra despedida. Son poemas que hablan de dictaduras con nombres propios —Castro, Pinochet, Stalin, Hitler— sin retórica panfletaria, y que hablan de la patria perdida con una ternura que duele.
La segunda sección gira hacia la identidad en tránsito: quién se es cuando los referentes conocidos desaparecen, cómo se habita el propio cuerpo cuando el mundo exterior se ha vuelto extraño. Aquí el erotismo aparece con franqueza, en la tradición de la generación beat, sin eufemismos ni ornamentos innecesarios. El deseo, la soledad, el sexo como búsqueda de conexión o como confirmación de la distancia: todo convive en estos poemas con una voz que no pide permiso para decir lo que necesita decir.
La tercera sección es la más lírica del libro. El amor, el encuentro, la posibilidad —siempre incierta, siempre incompleta— de volver a pertenecer a algo o a alguien. Poemas de amor que no idealizan, que saben que el deseo y la pérdida son la misma sustancia vista desde ángulos distintos.
Los poemas del exilio y la patria son los más sólidos del libro. "Elegía del hijo exiliado", "Llévame allí", "Las dictaduras no deberían existir", "Hay noches de desvelo" y "Murmullo de un desterrado" tienen una voz auténtica, imágenes bien construidas y una emoción que no cae en el sentimentalismo fácil. "Las dictaduras no deberían existir" tiene una estructura de letanía que funciona muy bien: la repetición del nombre de dictadores actúa como un conjuro doloroso, y el verso "y ya se me ha secado la piel" es uno de los mejores del libro.
"Hay noches de desvelo" es quizás el poema más humano y cercano del conjunto. La escena de la abuela que no quiere verlo en videollamadas "sino es en físico" es devastadora en su sencillez. Ese tipo de concreción es lo que hace memorable a la poesía.
"La fuente de Kifissia" y "Souvlaki y mastika" tienen algo precioso: la mirada de un extranjero que busca lo suyo en lo ajeno. Son poemas de integración sensorial, de encuentro entre culturas, y los dos tienen momentos de lirismo genuino.
El epílogo está muy bien resuelto. Es breve, sobrio, y la imagen final —el hombre que camina y ya no camina como al principio— cierra el libro sin sobrecargar el sentido.
Sin embargo, el erotismo a veces pierde el control literario. El libro tiene una cantidad significativa de poemas de contenido sexual explícito. Algunos funcionan, como "En una noche púrpura", que tiene un erotismo más elaborado con imágenes simbólicas logradas. Pero otros como "Sin silencio", "La tertulia de los mormones" o partes de "El secreto del silencio" caen en la crudeza sin que la forma poética la justifique ni la eleve. El problema no es el contenido —hay una larga tradición de erotismo en la poesía— sino que en varios casos el poema no transforma la experiencia sexual en arte: la describe con crudeza pero sin distancia estética.
No obstante, Ópalo Negro es un libro honesto. El autor no finge una voz que no tiene, no imita sin apropiarse, y no escribe para complacer. Eso ya lo coloca por encima de muchos poemarios que llegan a publicarse. Sus mejores poemas —los del exilio, la abuela, la patria, la fuente de Kifissia— merecen ser leídos. El prólogo solo, como texto en prosa, podría publicarse como ensayo independiente.
Lo que encontrará el lector.
Un poemario que no teme la crudeza ni rehúye la belleza. Una exploración de lo que ocurre cuando una identidad se ve obligada a reconstruirse desde cero. Poemas que hablan del dolor del exilio cubano con una especificidad que los hace universales, porque la pérdida, el desarraigo y la búsqueda de sentido no pertenecen a ninguna geografía en particular. Una escritura que oscila con conciencia entre el lirismo más íntimo y el registro más directo, entre la imagen simbólica y la experiencia concreta, sin que ninguno de los dos extremos traicione al otro.
Ópalo Negro es, como su título sugiere, una materia densa atravesada por luces. Leerlo implica aceptar esa densidad, dejarse atravesar por sus variaciones, y reconocer que en ocasiones es precisamente en la oscuridad donde los destellos se vuelven más visibles.
Una voz que ya tiene historia.
Geobanys Valle Rojas (Sancti Spíritus, Cuba, 1991) es escritor, poeta, psicólogo e investigador. Ha publicado más de quince libros en géneros que van de la poesía a la novela, del ensayo etnográfico al texto académico, editados en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Grecia, Argentina y Moldavia. Varios de ellos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, alemán, ruso y polaco. Ópalo Negro es su primer poemario escrito íntegramente fuera de Cuba, y eso lo convierte en un hito en su trayectoria: el punto en que la escritura deja de ser un ejercicio y se convierte en un acto de afirmación existencial.
Género: Poesía contemporánea en español Temáticas: Exilio, identidad, erotismo, amor, pérdida, reconstrucción, Cuba, Grecia Contenido: Recomendado para lectores adultos Editorial: Ediciones La Hora / Independently published ISBN: 979-8-259-08191-8
A continuación se comparten algunos de los poemas de este libro, que además está disponible para su compra en Amazon:
Nadie te merece más que tú
Nadie te merece más que tú.
Ni tus padres,
ni tus abuelos que te criaron,
ni tus hermanos,
ni tus hijos a quienes les diste
la vida,
ni tus amigos que son como
hojas en nuestro árbol,
ni tus enemigos que reconocen tu mérito
ni tu Dios que enciende la fe.
A este mundo llegamos solos
y nadie te acompañará cuando te vayas.
Si ni Billy y Bobby Cly lo hicieron
¿por qué tendrías compañía tú
que eres un simple mortal
andando por los avatares que
descubren nuestros propósitos en
el destino que cada uno escribe en su libro?
Por eso cántate porque tú eres música,
báilate para alegrar tu día,
léete para cultivarte en armonía,
mastúrbate para autocomplacer tu sexo,
necesítate, vístete, enciéndete.
Aprende a dar sin esperar nada a cambio.
Quien espera se decepciona,
quien da se crece entre los hombres.
No caigas en vicios mundanos,
pero si caes porque somos frágiles
aprende a disfrutarlos sin que
los vicios te disfruten.
No cedas a la desesperación
que todo tiene su tiempo.
Pero si el alma se atreve a quemar etapas
abre bien los ojos ante lo que
te enseñará el fracaso.
No envidies lo que no tienes: trabaja.
No esperes a la perla perfecta: vive la que tienes.
No ames con miedo: solo ama.
Ríe, llora, reflexiona y
aliméntate en el silencio.
Y no veas a la soledad como una sombra.
La soledad es luz, es resiliencia,
es la señora que nos concede
la virtud para autoconocernos
y autovalorarnos con conciencia.
Desde el amanecer hasta el anochecer
entiende que nadie te merece más que tú.
Las dictaduras no deberían
existir
Porque existes te nombro
Pol Pot, Idi Amin Dada,
Negus Rojo, Hissène Habré
y se me eriza la piel.
Las dictaduras no deberían existir.
Patria que llora
hijos que parten para no volver
madres que mueren sin ese abrazo
Mao
Zedong, Josef Stalin,
Leopoldo
II, Hideki Tojo
y tiembla la piel.
Las dictaduras no deberían existir.
Pulmones sin aire,
venas sin sangre
viejos zapatos porque ya no hay pies.
Yakubu Gowon, Cincinato, Quinto Hortensio,
Publio Cornelio Rufino
y me arde tanto la piel
Las dictaduras no deberían existir.
Y duele un poco adentro.
Memorias que se borran con el paso del tiempo.
Nuevas fotos de familia, y tú no estás presente.
Sigue una silla vacía en la mesa.
Adolf Hitler, Benito Mussolini,
Augusto Pinochet, Fidel Castro.
Y ya se me ha secado la piel.
Las dictaduras no deberían existir.
Esto que llaman país
ha contaminado al mar con petróleo,
ha matado los peces del viejo,
ha quemado los cañaverales,
ha derrumbado las casas de los hombres
para que ya no queden historias que contar.
Las dictaduras no deberían existir.
Sólo un niño que confundía sombreros
con elefantes abraza lo que de la bandera queda
Mientras una lágrima corre entre sus mejillas,
Porque sus labios olvidaron la sonrisa,
Porque sus lápices ya no dibujan palomas que vuelan.
Las dictaduras no deberían existir.
Pero el niño se aferra a los sueños
de sus padres, de sus abuelos, de sus bisabuelos
que un día añoraban libertad.
Sus piernas débiles se levantaron
y hasta la tierra tembló de miedo.
Vive la fe donde queda el fuego.
Porque habrá un niño,
habrá un Abraham,
habrá un David derrotando a un Goliat
Y yo voy a elegirte diferente
Porque las dictaduras no deberían existir.
Elegía del hijo exiliado
Ellos, imberbes, me han privado
como a ti, del derecho de
amarte en libertad.
Ellos, los miserables,
-no los de Víctor Hugo-
piensan que renunciaré
a mi fe.
Si yo soy el eterno cómplice
de tus calles,
el hijo intranquilo que
se embelesa en tu petricor
un pequeño Libra que
por honor a su signo
te prefiere límpida y justa.
Ellos, los del traidor verde olivo
que ensordecen la esperanza
condenan mi cuerpo al destierro
para vivir sin madre, sin hermanos,
sin hijos, sin novia, sin amigos
¡y a pesar del sin fin de sin…!
Me llevaré la salsa
tatuada en mis manos.
Un poco de sal que
me regaló la vecina
la noticia preocupada
de la que vive al doblar
la esquina
un pedazo de pan
el café de la mañana
un trozo de caña
para evocar lo dulce
y un poquito de tu tierra
donde pueda sembrar un árbol.
Yo estaré lejos
muy lejos de ti para verte
en otro lugar que no sea
en sueños.
Pero te regalaré la memoria
para que antes de dormir
en las noches acaricies mis besos.
Te diré que te amo, Patria,
y cerraré los ojos
para perderme en la utopía
de que aún duermo en tu regazo.
Llévame allí
Llévame allí: donde escuche el canto de
las palomas mientras anhelan alcanzar las nubes,
donde las olas comuniquen sus mensajes de amor
al bañar los arrecifes, donde el mar se empeñe
en el reflejo del intenso azul del cielo,
donde la arena perpetúe las huellas del náufrago errante
que pretendió sembrar su árbol.
Llévame allí: donde los tambores suenen invocando la magia,
y un olor a rosas se impregne en mi fragancia,
donde un niño cace las abejas con sus tiernas manitos
que ignoran los picazos, donde un hombre pueda contemplar
cómo su sombra se desliza en el camino que descubre al andar.
Llévame allí, a la tierra más bella vista por ojos humanos
donde vive mi madre. Ella espera por mí, donde corre el río caudaloso,
con aguas cristalinas que me permitirán escogerme
entre piedras de variados colores como si el río fuera un arcoiris
de tonalidades amarillo, rojo, verde, negra, marrón, blanco...
Llévame vestido con mi traje de iniciación,
con mi corona de plumas de aura tiñosa, mis collares,
mis atributos y un sinfín de sueños que quedaron por cumplir.
Llévame convertido en polvo, musita mi nombre ritual
entre los arbustos que un día me bañaron,
deja que el viento me acoja en su regazo,
siémbrame junto a un girasol y luego me arrullas
con una nana que le canta a la paloma que pasa por mi casa.
Allí quiero descansar cuando mis pies ya no anden,
cuando mis manos no escriban,
cuando mis ojos ya no se abran.

