domingo, 3 de mayo de 2026

Eirini: El tiempo imperfecto del amor

 "Eirini: El tiempo imperfecto del amor"

Por Geobanys Valle Rojas


                      Portada del libro de poesía "Eirini: El tiempo imperfecto del amor"


 "Eirini: El tiempo imperfecto del amor" es un poemario sólido, de escritura cuidada y voz auténtica. La propuesta trilingüe (español, griego, inglés) es ambiciosa y bien ejecutada. El prólogo es notable: reflexivo, literariamente consciente y honesto. Los poemas muestran variedad formal (desde el soneto hasta el verso libre conversacional) y una emoción contenida que es una de las virtudes del libro.

Al analizar algunos de sus poemas podemos decir que "Poema de la entrega" es uno de los poema más potentes de este poemario. El verso "no por hazaña / ni por la absurda sed de lo heroico" es uno de los mejores del libro; mientras que "Oda al ofrecimiento" es uno de los poemas más logrados en cuanto a intensidad y control del ritmo. "Pequeña serenata para dos" es el único poema con estructura de canción (estrofas rimadas) y funciona bien como contraste dentro del libro. Por otra parte, "Hipótesis enamorada" es un poema muy ambicioso. La anáfora con "Y si…" sostiene bien el ritmo. El cierre "con esa luz tenue / del invierno mediterráneo / que no abrasa, / pero permanece" es de los mejores cierres del libro.

¿Qué queda cuando el amor no termina, pero tampoco permanece?

"Eirini: el tiempo imperfecto del amor" es un poemario que nace de una experiencia real: la de amar en la distancia entre dos mundos, dos idiomas y dos historias que no siempre encuentran el mismo tiempo. Con voz íntima y escritura cuidada, Geobanys Valle Rojas explora el amor no como certeza, sino como acto continuo de elección; no como posesión, sino como presencia.

Desde el encuentro hasta la entrega, desde la duda hasta la ternura más honesta, estos poemas habitan ese espacio incierto donde amar es más difícil —y más necesario— que nunca.

Desde el punto de vista literario, Eirini... se sitúa en una encrucijada deliberada entre la tradición lírica hispanoamericana y la sensibilidad poética contemporánea. El autor no renuncia a la densidad formal: el libro incluye un soneto de estructura clásica impecable —«El nombre que pronuncio»— junto a odas, baladas y poemas de aliento conversacional que recuerdan, en su economía emocional, a César Vallejo o al mejor Mario Benedetti. Pero la voz no imita: construye.

Lo que distingue a este poemario es su capacidad de hacer convivir el deseo y la contención. Hay versos que arden con precisión quirúrgica —«colocar el alma en la intemperie / sin la certeza de ser resguardado»— y otros que operan con la quietud de quien sabe que la imagen justa pesa más que el grito. Valle Rojas domina el ritmo libre sin abandonar la música, y esa tensión sostenida es, quizás, el mayor logro del libro.

La voz poética no celebra el amor: lo interroga. Aquí el amor llega en condiciones imperfectas, entre vidas que no han terminado de cerrarse, entre geografías y culturas que no comparten calendario. Y esa imperfección —lejos de debilitar el libro— es su motor: lo que convierte cada poema en un acto de conocimiento, no solo de emoción.

El registro es rico y variado: desde poemas breves, casi aforísticos, hasta piezas de largo aliento donde la emoción se despliega con arquitectura propia. Hay imágenes que pertenecen a la mejor tradición metafórica en lengua española —«tu nombre / se posa sobre el mundo / como la tarde sobre los tejados cansados»— y hay también una honestidad desnuda, sin retórica, que conecta con el lector de manera inmediata y directa.

Una obra trilingüe: cada poema aparece en su versión original en español, acompañado de su traducción al griego y al inglés, convirtiendo este libro en un puente entre culturas, lenguas y sensibilidades distintas.

Para quienes han amado sin manual de instrucciones. Para quienes conocen el peso exacto de una palabra dicha en el idioma equivocado. Para quienes saben que el amor, cuando es verdadero, siempre llega en tiempo imperfecto.

Geobanys Valle Rojas es escritor, poeta y ensayista. Autor de una extensa obra publicada en varios países, en este volumen reúne por primera vez poesía en tres lenguas como expresión de un amor que atraviesa fronteras geográficas y culturales.

Publicado por Ediciones La Hora y disponible para su compra en Amazon, compartimos a continuación algunos de los poemas de este libro: 

“La razón que no se dice”

 I

No te amo por lo que eres

—eso sería demasiado fácil—

ni por la forma en que el mundo

podría nombrarte.

 

Te amo

por lo que ocurre en mí

cuando dejo de defenderme.

 

Porque amar,

lo he aprendido en tu presencia,

no es encontrar lo perfecto,

sino reconocer aquello

ante lo cual ya no tiene sentido fingir.

 

No llegaste como promesa,

ni como consuelo tardío.

 

Llegaste

como llegan las verdades:

sin pedir permiso,

sin adaptarse a lo que yo creía necesitar.

 

Y algo en mí,

que había aprendido a sobrevivir,

entendió de pronto

que vivir era otra cosa.

 

No te elijo

porque seas la respuesta a mis sueños,

ni porque en ti todo sea claro.

 

Te elijo

porque en tu incertidumbre

mi alma no se pierde.

 

Porque incluso en lo difícil,

en lo que duele,

en lo que no encaja del todo,

 

hay una honestidad

que no encontré en lo sencillo.

 

Amar no es quedarse

donde todo es seguro.

 

Es quedarse

donde todo es verdadero.

 

Y en ti

no encontré descanso:

encontré sentido.

 

Por eso te elijo,

no una vez,

no como quien toma una decisión pasajera,

 

sino como quien reconoce

que entre todas las formas de estar en el mundo,

 

esta, la que existe contigo,

es la única

en la que no necesito

dejar de ser quien soy.

 

II

 

Y si alguna vez dudo,

no es de ti:

 

es de mi propia capacidad

para sostener lo que contigo significa.

 

Porque no eres un refugio

en el sentido en que lo son las huidas,

 

eres un lugar donde todo se vuelve cierto,

y lo cierto

no siempre es cómodo.

 

Hay días

en que amarte

es también mirarme sin indulgencia,

reconocer en tu luz

las sombras que aún me habitan.

 

Y, sin embargo, permanezco.

 

No por inercia,

no por costumbre,

no por ese miedo antiguo

a quedarse solo con uno mismo,

 

sino porque en lo que somos

hay algo que insiste,

algo que no se agota

ni siquiera cuando el silencio pesa.

 

Te elijo también en lo no dicho,

en las pausas,

en aquello que no sabemos resolver

pero tampoco queremos abandonar.

 

Te elijo en la imperfección

que no pide disculpas por existir,

en la fragilidad

que no se esconde detrás de la fuerza.

 

Porque amar

—si ha de ser verdadero—

no es construir una ilusión intacta,

 

sino aprender a habitar

lo que se quiebra

sin dejar que se pierda.

 

Y contigo

hasta la incertidumbre

tiene un lugar donde descansar.

 

No porque desaparezca,

sino porque deja de ser amenaza

y se vuelve parte del camino.

 

Si alguna vez el tiempo nos pone a prueba,

si la vida decide tensar lo que somos,

quiero que nos encuentre así:

 

no perfectos,

no invulnerables,

 

pero sí conscientes

de que hubo un instante

—irrepetible, irrevocable—

 

en que nos reconocimos

más allá de todo lo aprendido.

 

Y desde entonces,

aunque el mundo cambie,

aunque nosotros cambiemos,

hay algo que ya no puede negarse:

 

que entre todas las formas de amar,

nos tocó aquella

que no se explica,

que no se justifica,

que no se olvida.





“Poema de la entrega”

 

No fue el vértigo lo que me llevó hacia ti,

ni esa ceguera dulce

con la que suelen confundirse los impulsos.

 

Fue algo más hondo.

 

Como si en el centro mismo del riesgo

hubiera una verdad esperando ser vivida.

 

Desde entonces,

cada límite dejó de ser frontera

y empezó a parecerse a un umbral.

 

Porque amar —lo he comprendido tarde—

no es prometer imposibles,

ni incendiar el mundo para probar un punto de fe;

 

amar

es colocar el alma en la intemperie

sin la certeza de ser resguardado.

 

Y aun así, quedarse.

 

Si hubiera que cruzar la noche sin nombre,

lo haría,

no por hazaña

ni por la absurda sed de lo heroico,

sino porque hay presencias

que justifican la caída

y le dan sentido incluso al abismo.

 

Qué otra cosa es el amor,

sino esta forma lenta de renunciar al miedo,

este aprender a perderse

sin extraviarse.

 

He visto a los hombres aferrarse a lo seguro,

erigir muros,

llamar prudencia a su cobardía.

 

Pero hay instantes —raros, irrevocables—

en los que la vida exige una ofrenda total:

 

no una parte,

no un gesto,

no una promesa a medias,

 

sino todo lo que uno es

temblando.

 

Y es ahí

donde el amor deja de ser palabra

y se convierte en destino.




“Hipótesis enamorada”

 

Y si la nada fuera lo cierto,

y si la nada, en su silencio,

lo contuviera todo.

 

Y si volaran las mariposas

que agitan el estómago,

no por vértigo,

sino por ese intrépido céfiro

que las llama a desordenarse en libertad.

 

Y si el ímpetu fuera ciego,

y las ganas, un territorio sin mapas,

y el deseo

una forma antigua de perderse sin error.

 

Y si el universo, en su ironía,

desplazara los astros de lugar

solo para enseñarnos

que lo imposible también respira.

 

Y si mis manos te sostienen

no como quien retiene,

sino como quien aprende a cuidar

¿qué temer

si en ese gesto se insinúa un para siempre?

 

La vida, de algún modo,

termina abrazando lo que insiste.

 

Llámalo destino,

llámalo sueño,

o ese niño que aún habita en nosotros

jugando a ser hombre,

disparando flechas

en tierras que ya conocieron la guerra

y, aun así,

no han olvidado florecer.

 

Y si la aurora boreal despertara al náufrago,

y en su delirio

recitara versos que no sabía que sabía,

como si el alma, incluso perdida,

recordara su música.

 

Y si fueras tú.

Y si fuera yo.

 

En agosto,

en septiembre,

o en ese noviembre improbable

que decidió encontrarnos

cuando nada estaba listo.

 

Y si todo esto

no fuera casualidad.

 

Si en lo invisible

hubiera un orden secreto,

una cita escrita en otro lenguaje,

donde incluso lo sagrado

se inclina ante lo humano.

 

Como si la fe no habitara en los templos,

sino en ese instante

en que alguien ama sin garantías.

 

Y si al decirte “te amo”

tu voz, en otra lengua,

me devolviera el mismo universo

 

entonces,

sin importar el frío

ni la estación que nos atraviese,

volvería a amanecer.

 

No sobre el mundo,

sino sobre nosotros,

 

con esa luz tenue

del invierno mediterráneo

que no abrasa,

pero permanece.


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