"Eirini: El tiempo imperfecto del amor"
Por Geobanys Valle Rojas
"Eirini: El tiempo imperfecto del amor" es un poemario sólido, de escritura cuidada y voz auténtica. La propuesta trilingüe (español, griego, inglés) es ambiciosa y bien ejecutada. El prólogo es notable: reflexivo, literariamente consciente y honesto. Los poemas muestran variedad formal (desde el soneto hasta el verso libre conversacional) y una emoción contenida que es una de las virtudes del libro.
Al analizar algunos de sus poemas podemos decir que "Poema de la entrega" es uno de los poema más potentes de este poemario. El verso "no por hazaña / ni por la absurda sed de lo heroico" es uno de los mejores del libro; mientras que "Oda al ofrecimiento" es uno de los poemas más logrados en cuanto a intensidad y control del ritmo. "Pequeña serenata para dos" es el único poema con estructura de canción (estrofas rimadas) y funciona bien como contraste dentro del libro. Por otra parte, "Hipótesis enamorada" es un poema muy ambicioso. La anáfora con "Y si…" sostiene bien el ritmo. El cierre "con esa luz tenue / del invierno mediterráneo / que no abrasa, / pero permanece" es de los mejores cierres del libro.
¿Qué queda cuando el amor no termina, pero tampoco permanece?
"Eirini: el tiempo imperfecto del amor" es un poemario que nace de una experiencia real: la de amar en la distancia entre dos mundos, dos idiomas y dos historias que no siempre encuentran el mismo tiempo. Con voz íntima y escritura cuidada, Geobanys Valle Rojas explora el amor no como certeza, sino como acto continuo de elección; no como posesión, sino como presencia.
Desde el encuentro hasta la entrega, desde la duda hasta la ternura más honesta, estos poemas habitan ese espacio incierto donde amar es más difícil —y más necesario— que nunca.
Desde el punto de vista literario, Eirini... se sitúa en una encrucijada deliberada entre la tradición lírica hispanoamericana y la sensibilidad poética contemporánea. El autor no renuncia a la densidad formal: el libro incluye un soneto de estructura clásica impecable —«El nombre que pronuncio»— junto a odas, baladas y poemas de aliento conversacional que recuerdan, en su economía emocional, a César Vallejo o al mejor Mario Benedetti. Pero la voz no imita: construye.
Lo que distingue a este poemario es su capacidad de hacer convivir el deseo y la contención. Hay versos que arden con precisión quirúrgica —«colocar el alma en la intemperie / sin la certeza de ser resguardado»— y otros que operan con la quietud de quien sabe que la imagen justa pesa más que el grito. Valle Rojas domina el ritmo libre sin abandonar la música, y esa tensión sostenida es, quizás, el mayor logro del libro.
Una obra trilingüe: cada poema aparece en su versión original en español, acompañado de su traducción al griego y al inglés, convirtiendo este libro en un puente entre culturas, lenguas y sensibilidades distintas.
Para quienes han amado sin manual de instrucciones. Para quienes conocen el peso exacto de una palabra dicha en el idioma equivocado. Para quienes saben que el amor, cuando es verdadero, siempre llega en tiempo imperfecto.
Geobanys Valle Rojas es escritor, poeta y ensayista. Autor de una extensa obra publicada en varios países, en este volumen reúne por primera vez poesía en tres lenguas como expresión de un amor que atraviesa fronteras geográficas y culturales.
Publicado por Ediciones La Hora y disponible para su compra en Amazon, compartimos a continuación algunos de los poemas de este libro:
“La razón que no se dice”
No te amo por lo que eres
—eso sería demasiado fácil—
ni por la forma en que el mundo
podría nombrarte.
Te amo
por lo que ocurre en mí
cuando dejo de defenderme.
Porque amar,
lo he aprendido en tu presencia,
no es encontrar lo perfecto,
sino reconocer aquello
ante lo cual ya no tiene sentido fingir.
No llegaste como promesa,
ni como consuelo tardío.
Llegaste
como llegan las verdades:
sin pedir permiso,
sin adaptarse a lo que yo creía necesitar.
Y algo en mí,
que había aprendido a sobrevivir,
entendió de pronto
que vivir era otra cosa.
No te elijo
porque seas la respuesta a mis sueños,
ni porque en ti todo sea claro.
Te elijo
porque en tu incertidumbre
mi alma no se pierde.
Porque incluso en lo difícil,
en lo que duele,
en lo que no encaja del todo,
hay una honestidad
que no encontré en lo sencillo.
Amar no es quedarse
donde todo es seguro.
Es quedarse
donde todo es verdadero.
Y en ti
no encontré descanso:
encontré sentido.
Por eso te elijo,
no una vez,
no como quien toma una decisión pasajera,
sino como quien reconoce
que entre todas las formas de estar en el mundo,
esta, la que existe contigo,
es la única
en la que no necesito
dejar de ser quien soy.
II
Y si alguna vez dudo,
no es de ti:
es de mi propia capacidad
para sostener lo que contigo significa.
Porque no eres un refugio
en el sentido en que lo son las huidas,
eres un lugar donde todo se vuelve cierto,
y lo cierto
no siempre es cómodo.
Hay días
en que amarte
es también mirarme sin indulgencia,
reconocer en tu luz
las sombras que aún me habitan.
Y, sin embargo, permanezco.
No por inercia,
no por costumbre,
no por ese miedo antiguo
a quedarse solo con uno mismo,
sino porque en lo que somos
hay algo que insiste,
algo que no se agota
ni siquiera cuando el silencio pesa.
Te elijo también en lo no dicho,
en las pausas,
en aquello que no sabemos resolver
pero tampoco queremos abandonar.
Te elijo en la imperfección
que no pide disculpas por existir,
en la fragilidad
que no se esconde detrás de la fuerza.
Porque amar
—si ha de ser verdadero—
no es construir una ilusión intacta,
sino aprender a habitar
lo que se quiebra
sin dejar que se pierda.
Y contigo
hasta la incertidumbre
tiene un lugar donde descansar.
No porque desaparezca,
sino porque deja de ser amenaza
y se vuelve parte del camino.
Si alguna vez el tiempo nos pone a prueba,
si la vida decide tensar lo que somos,
quiero que nos encuentre así:
no perfectos,
no invulnerables,
pero sí conscientes
de que hubo un instante
—irrepetible, irrevocable—
en que nos reconocimos
más allá de todo lo aprendido.
Y desde entonces,
aunque el mundo cambie,
aunque nosotros cambiemos,
hay algo que ya no puede negarse:
que entre todas las formas de amar,
nos tocó aquella
que no se explica,
que no se justifica,
que no se olvida.
“Poema de la entrega”
No fue el vértigo lo que me llevó hacia ti,
ni esa ceguera dulce
con la que suelen confundirse los impulsos.
Fue algo más hondo.
Como si en el centro mismo del riesgo
hubiera una verdad esperando ser vivida.
Desde entonces,
cada límite dejó de ser frontera
y empezó a parecerse a un umbral.
Porque amar —lo he comprendido tarde—
no es prometer imposibles,
ni incendiar el mundo para probar un punto de fe;
amar
es colocar el alma en la intemperie
sin la certeza de ser resguardado.
Y aun así, quedarse.
Si hubiera que cruzar la noche sin nombre,
lo haría,
no por hazaña
ni por la absurda sed de lo heroico,
sino porque hay presencias
que justifican la caída
y le dan sentido incluso al abismo.
Qué otra cosa es el amor,
sino esta forma lenta de renunciar al miedo,
este aprender a perderse
sin extraviarse.
He visto a los hombres aferrarse a lo seguro,
erigir muros,
llamar prudencia a su cobardía.
Pero hay instantes —raros, irrevocables—
en los que la vida exige una ofrenda total:
no una parte,
no un gesto,
no una promesa a medias,
sino todo lo que uno es
temblando.
Y es ahí
donde el amor deja de ser palabra
y se convierte en destino.
“Hipótesis enamorada”
Y si la nada fuera lo cierto,
y si la nada, en su silencio,
lo contuviera todo.
Y si volaran las mariposas
que agitan el estómago,
no por vértigo,
sino por ese intrépido céfiro
que las llama a desordenarse en libertad.
Y si el ímpetu fuera ciego,
y las ganas, un territorio sin mapas,
y el deseo
una forma antigua de perderse sin error.
Y si el universo, en su ironía,
desplazara los astros de lugar
solo para enseñarnos
que lo imposible también respira.
Y si mis manos te sostienen
no como quien retiene,
sino como quien aprende a cuidar
¿qué temer
si en ese gesto se insinúa un para siempre?
La vida, de algún modo,
termina abrazando lo que insiste.
Llámalo destino,
llámalo sueño,
o ese niño que aún habita en nosotros
jugando a ser hombre,
disparando flechas
en tierras que ya conocieron la guerra
y, aun así,
no han olvidado florecer.
Y si la aurora boreal despertara al náufrago,
y en su delirio
recitara versos que no sabía que sabía,
como si el alma, incluso perdida,
recordara su música.
Y si fueras tú.
Y si fuera yo.
En agosto,
en septiembre,
o en ese noviembre improbable
que decidió encontrarnos
cuando nada estaba listo.
Y si todo esto
no fuera casualidad.
Si en lo invisible
hubiera un orden secreto,
una cita escrita en otro lenguaje,
donde incluso lo sagrado
se inclina ante lo humano.
Como si la fe no habitara en los templos,
sino en ese instante
en que alguien ama sin garantías.
Y si al decirte “te amo”
tu voz, en otra lengua,
me devolviera el mismo universo
entonces,
sin importar el frío
ni la estación que nos atraviese,
volvería a amanecer.
No sobre el mundo,
sino sobre nosotros,
con esa luz tenue
del invierno mediterráneo
que no abrasa,
pero permanece.

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